Pertenecer más allá del idioma

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Te aviso de que esta entrada del blog es bastante extensa. El tiempo medio de lectura es de unos 10 a 12 minutos.

El Mes de la Herencia Hispana es una oportunidad para celebrar nuestras culturas, historias y contribuciones. Para mí, también es un momento para hablar con honestidad sobre la pertenencia: quién se considera suficientemente latino, quién siente que forma parte de la comunidad y quién puede ver su voz silenciada por su idioma, acento, identidad de género, orientación sexual, color de piel o historia personal.

Yo me considero una “Yo Sabo kid”.

Hablo, leo y escribo en español, pero mi relación con el idioma ha estado marcada por la migración, la asimilación, la discriminación, la supervivencia y la recuperación de mi vínculo con el español.

A lo largo de este artículo, uso “latina” para describirme. Uso “latino” cuando me refiero a las investigaciones o a personas que prefieren ese término, y “Latine” y “Latinx” cuando hablo de lenguaje inclusivo en cuanto al género y de las personas que se identifican con esos términos. Esta variación es intencional. Ninguna palabra representa a todas las personas, y cada persona debería poder definirse.

Cuando el idioma inglés se convirtió en una forma de protección

Mi familia emigró a los Estados Unidos desde El Salvador durante la década de 1980. En aquel momento, tener acento podía dificultar muchísimo encontrar empleo. En la comunidad de Massachusetts donde vivíamos, muchas familias hispanohablantes estaban concentradas en una zona y eran descritas con términos racistas y despectivos. Se las estereotipaba como personas que vivían de la asistencia pública, no hablaban inglés y no pertenecían.

Mis padres comprendían lo que esas actitudes podían costarnos.

Como yo había comenzado la escuela en El Salvador, llegué con una base de español. Sin embargo, mi familia convirtió el inglés en el idioma principal y, con el tiempo, en el único idioma que se hablaba en nuestro hogar. Querían que sus hijos hablaran inglés sin acento y tuvieran acceso a oportunidades que a ellos se les habían negado.

Su decisión no nació de la vergüenza ni del deseo de borrar nuestra cultura. Fue un intento de protegernos en un lugar donde un acento podía cerrar puertas antes de que alguien tuviera la oportunidad de demostrar sus capacidades.

Aunque esta fue la experiencia de mi familia, no es la experiencia de todas las familias inmigrantes o de origen latinoamericano. Las familias toman decisiones sobre el idioma por muchas razones. Para nosotros, hablar inglés fue una estrategia de supervivencia. El inglés pasó al primer plano de mi vida y mi idioma materno quedó relegado.

Cuando perder el acento todavía no es suficiente

Al crecer, dejé de hablar inglés con acento. Seguía hablando español, pero comencé a tener acento en mi idioma materno. Tomé cursos de español en la universidad porque no quería perderlo por completo, aun cuando mi entorno reforzaba el mensaje de que el inglés debía ocupar el primer lugar.

A pesar de haber obtenido mi licenciatura, viví discriminación laboral. Solicité puestos para los que estaba calificada, pero no recibí entrevistas. Cuando di seguimiento a una solicitud, una representante de recursos humanos reconoció que mi apellido la había llevado a suponer que quizá yo no hablara inglés o que mi acento sería difícil de entender. Me dijo que, de haber sabido lo bien que hablaba inglés, habría considerado contratarme.

Aunque había hecho todo lo que la asimilación me exigía, mi apellido hispano seguía hablando por mí antes de que los empleadores me permitieran hablar por mí misma.

Sentí enojo y una profunda decepción. Había salido de esa zona para educarme y ampliar lo que era posible para mí, pero quienes tomaban esas decisiones no habían cuestionado los prejuicios detrás de ellas. Comprendí que, mientras permaneciera en un lugar donde veían mi apellido antes que mis capacidades, quizá nunca me verían plenamente ni me darían espacio para crecer.

Finalmente me mudé al sur de Florida y llegué a una comunidad donde el bilingüismo era común y se valoraba hablar ambos idiomas. Mi español mejoró, me sentí más aceptada y creció mi pasión por el trabajo en organizaciones sin fines de lucro, especialmente por el trabajo con jóvenes.

Cuando regresé a Massachusetts, tenía un sentido más firme de quién era y estaba menos dispuesta a aceptar el racismo dirigido hacia mí, mi cultura o mi idioma. También encontré que el español era más visible y se alentaba más su uso. Pero me enfrenté a un tipo diferente de juicio.

Algunas personas dentro de la comunidad latina me cuestionaban o avergonzaban porque no hablaba español con total fluidez. Veían la pérdida del idioma sin conocer su historia. Primero, mi familia y yo habíamos vivido la presión de asimilarnos por parte de una sociedad que trataba nuestro idioma como un obstáculo. Después, fui juzgada porque esa asimilación había funcionado.

Por eso “Yo Sabo” y “No Sabo” ocupan un lugar especial para mí.

El idioma no debería ser una prueba de latinidad

La expresión “No Sabo Kid” se ha utilizado con frecuencia para burlarse o avergonzar a personas de origen latinoamericano que no hablan español con fluidez. “No sabo” es una conjugación incorrecta del verbo saber; la expresión correcta es no sé. Las personas jóvenes están resignificando la etiqueta y cuestionando la creencia de que hablar un español perfecto determina si alguien es auténticamente latino.

Un artículo de NBC News sobre el movimiento No Sabo explica que algunos padres decidieron no enseñar español a sus hijos con la esperanza de protegerlos de la discriminación. Una colección de testimonios en primera persona de Refinery29 muestra que esta experiencia va más allá de la fluidez en español. Sus autores describen dificultades con el español, el portugués y el criollo haitiano debido a la asimilación, las circunstancias familiares, el acceso desigual a la educación y el temor a la discriminación.

El español no es el único idioma que se habla en América Latina. Nuestras comunidades incluyen personas que hablan portugués, inglés, criollo haitiano, spanglish y cientos de lenguas indígenas. El idioma es una parte hermosa de la cultura, pero también llevamos nuestra herencia en la comida, la música, las tradiciones, las historias familiares, los vínculos comunitarios, la labor de incidencia y nuestros valores.

Las personas deberían poder reconectarse con un idioma de herencia sin ser ridiculizadas por cometer errores. También deberían poder identificarse con su cultura aunque nunca lleguen a hablar el idioma con fluidez.

Latina, Latino, Latinx o Latine

Las conversaciones sobre terminología pueden generar sentimientos similares de inclusión o exclusión. Una vez participé en una conversación en la que alguien insistió en que “Latinx”, en lugar de “Latine”, era el término inclusivo correcto.

Latinx se utiliza en algunos contextos angloparlantes y estadounidenses, pero la “x” puede resultar poco natural o difícil de pronunciar para algunas personas hispanohablantes. Para algunas personas, Latine se integra con mayor naturalidad al español hablado. Para ciertas personas LGBTQ+ y no binarias, cualquiera de los dos términos ofrece una alternativa a un lenguaje que solo reconoce identidades masculinas y femeninas.

El Pew Research Center encontró que la mayoría de las personas de ascendencia latinoamericana o española en Estados Unidos prefieren “hispano” o “latino” como términos generales. Latinx y Latine siguen siendo significativos para algunas personas. No tenemos que imponer una sola palabra a todo el mundo. Podemos preguntar qué término usa cada persona para describirse y respetar su respuesta.

Comprender las intersecciones dentro de nuestras comunidades

Las conversaciones sobre privilegio y discriminación pueden simplificar en exceso las experiencias latinas. El color de piel puede influir en que una persona experimente privilegio blanco o las desventajas asociadas con ser negra o morena, pero también importan la etnicidad, la migración, el idioma, el acento, la nacionalidad, la clase social y la historia cultural. Las identidades LGBTQ+ añaden otra dimensión que a menudo se pasa por alto.

Nuestras comunidades se ven afectadas por el racismo, el colorismo, el racismo antinegro, la xenofobia, el sexismo, el clasismo, la homofobia, la transfobia y la discriminación lingüística. Algunas de estas fuerzas provienen de fuera de nuestras comunidades. Otras deben enfrentarse dentro de nuestras culturas y familias.

Reconocer estos problemas no significa rechazar nuestra cultura. Significa que nos importa lo suficiente como para ayudar a que nuestras comunidades crezcan. Necesitamos conversaciones honestas que permitan que las distintas culturas y generaciones dentro de las comunidades latines aprendan unas de otras y escuchen a quienes históricamente han sido relegados.

Poder y pertenencia en el liderazgo

Carmen Nieves, directora ejecutiva de Alianza DV Services en Holyoke, compartió una perspectiva marcada por su experiencia como líder latina.

“Mi identidad como latina forma parte de mi liderazgo”, me dijo. “No puedo separarla de mi experiencia profesional. Es quien soy, y la llevo conmigo a cada espacio”.

Carmen no pretende hablar en nombre de todas las latinas ni de todas las personas de color. Considera que su responsabilidad es crear espacios para las muchas voces y experiencias que existen dentro de nuestras culturas, especialmente en las organizaciones que atienden a personas sobrevivientes de violencia doméstica.

“La gente habla del poder, pero no hablamos de quién no lo tiene”, dijo Carmen. Su reflexión nos invita a preguntar: ¿A quién se escucha? ¿A quién se le abren caminos, se le asciende o se le confía el liderazgo?

Estas preguntas afectan tanto al personal de una organización como a las personas que atiende. Influyen en si las personas sobrevivientes perciben a una organización como digna de confianza y si el personal siente que pertenece y tiene oportunidades de crecer. Ni quienes buscan apoyo ni quienes aportan a este trabajo deberían tener que renunciar a una parte de quienes son.

Qué relación tiene esto con la prevención de la violencia doméstica

Hoy, gran parte de mi trabajo se centra en promover relaciones saludables. Veo a las personas jóvenes “Yo Sabo” y “No Sabo” como parte de una conversación más amplia sobre cómo crear relaciones y comunidades basadas en la dignidad y el respeto.

La violencia doméstica y la violencia de pareja ocurren en todas las culturas. Ser latino, hablar español, emigrar a Estados Unidos o identificarse como LGBTQ+ no causa el abuso. La responsabilidad siempre recae en la persona que elige causar daño. Sin embargo, la cultura y la identidad pueden influir en si una persona sobreviviente se siente segura al pedir apoyo.

Una persona sobreviviente puede preguntarse:

  • ¿Habrá alguien que hable mi idioma y comprenda mi contexto cultural?
  • ¿Juzgarán mi acento o el hecho de no tenerlo?
  • ¿Respetarán mi identidad de género o mi orientación sexual?
  • ¿Buscar ayuda podría exponer mi situación migratoria?
  • ¿Tendré que dejar atrás a mi familia, mi fe o mi comunidad para estar a salvo?
  • ¿Alguien creerá que una persona como yo puede vivir una situación de abuso?

Estas preguntas explican por qué importan los servicios culturalmente sensibles e inclusivos para las personas LGBTQ+.

Carmen recalcó que brindar servicios culturalmente sensibles exige mucho más que ofrecer un folleto en español. Implica considerar quién representa a la organización, cómo se comunica el personal y si las personas se sienten comprendidas cuando buscan ayuda. En el oeste de Massachusetts, las personas sobrevivientes también pueden enfrentar dificultades de transporte, inestabilidad de vivienda, dificultades económicas, acceso limitado a servicios en su idioma, aislamiento y desconfianza hacia las instituciones, incluidas las organizaciones contra la violencia doméstica.

En REACH, las personas sobrevivientes que hablan español reciben apoyo en su idioma, sin ser juzgadas, y son acompañadas para elegir lo que consideran más seguro y significativo. Una persona puede decidir permanecer en una vivienda compartida con quien le causa daño mientras desarrolla un plan de seguridad; otra puede solicitar una orden de restricción y buscar una nueva vivienda. Nuestro papel no es decidir qué significa la seguridad para cada sobreviviente, sino explicar sus opciones y ponerlas en contacto con los apoyos que necesitan.

Estas decisiones también están marcadas por el clima migratorio actual. Una persona sobreviviente que depende de los ingresos de su pareja puede temer que llamar al 911 o que solicitar una orden resulte en la deportación de su pareja, que exponga a la persona sobreviviente o a sus hijos a acciones de las autoridades migratorias, o separe a los niños de uno de sus padres y de la comunidad que los sostiene. La persona que causa daño puede usar esos temores y amenazas para mantener el control. El apoyo centrado en la persona sobreviviente debe tomar en serio estas realidades sin presionarla hacia una decisión determinada.

Carmen también dejó claro que las comunidades latines no deben definirse únicamente por sus barreras. Nuestras comunidades poseen una gran capacidad de adaptación y encuentran fortaleza en las familias extensas, las comunidades de fe, las tradiciones culturales y un profundo compromiso con la familia y la niñez. Los servicios eficaces deben reconocer esas fortalezas al mismo tiempo que responden a las barreras prácticas y sistémicas que enfrentan las personas sobrevivientes.

Según un análisis de los CDC sobre homicidios de personas hispanas y latinas, casi la mitad de los homicidios de mujeres hispanas y latinas con circunstancias conocidas entre 2003 y 2021 estuvieron relacionados con la violencia de pareja. Estas muertes nos recuerdan por qué la prevención no puede esperar hasta que la violencia llegue a un punto crítico.

La prevención comienza antes. Comienza cuando enseñamos a las personas jóvenes que el amor no exige control; cuando las familias se comunican sin humillación; cuando las comunidades respetan los límites y rechazan expectativas rígidas de género; y cuando las personas LGBTQ+ pueden ser plenamente quienes son. La guía de los CDC para prevenir la violencia de pareja también identifica como estrategias importantes las habilidades para relaciones saludables, el apoyo de pares y personas adultas, los entornos protectores, los apoyos económicos y los servicios centrados en las personas sobrevivientes.

Este trabajo refleja la misión de REACH Beyond Domestic Violence de empoderar a las personas, las familias y las comunidades para superar la violencia doméstica y promover relaciones saludables. Centramos las voces de las personas sobrevivientes y abordamos tanto la violencia como las condiciones que permiten que exista.

Recuperar el idioma mediante la conexión

Yo Sabo The Game ofrece un ejemplo creativo de recuperación cultural. Su cofundador, Carlos Torres, desarrolló el juego después de crecer con la etiqueta de ser un No Sabo kid. Lo que comenzó como una manera de aprender y recordar palabras en español se convirtió en una oportunidad para conectarse con las raíces culturales, compartir historias familiares, reír juntos y aprender sin vergüenza.

El juego no fue diseñado ni evaluado como un programa de prevención de la violencia doméstica. Lo menciono porque su espíritu de aprender mediante la conexión, en lugar de la humillación, es relevante para la educación sobre relaciones saludables. Las relaciones se fortalecen cuando las personas pueden cometer errores sin que nadie las avergüence, y las comunidades se vuelven más seguras cuando escuchamos con comprensión en lugar de juzgar.

Ninguna persona sobreviviente debería tener que justificar su idioma, cultura, identidad de género u orientación sexual, ni demostrar que merece recibir ayuda.

Nuestra diversidad es parte de nuestra herencia

Soy latina. Soy salvadoreña. Soy bilingüe. También soy una Yo Sabo kid cuya relación con el español fue interrumpida por circunstancias fuera de mi control.

Mi inglés refleja las oportunidades que mis padres querían que tuviera. Mi español lleva la historia que he trabajado por preservar y recuperar. Mi derecho a pertenecer no depende de ninguno de los dos idiomas. Juntos, me hacen quien soy: una latina salvadoreña cuya historia reúne tanto lo que mi familia sacrificó para protegerme como lo que yo he trabajado por recuperar.

Al celebrar el Mes de la Herencia Hispana, reconozcamos a quienes hablan español con fluidez, hablan spanglish, están aprendiendo o no hablan español. Reconozcamos a las comunidades afrolatinas e indígenas, las personas inmigrantes y las familias nacidas en Estados Unidos, las personas LGBTQ+, las personas sobrevivientes y las personas jóvenes que definen sus identidades por sí mismas.

Nuestra diversidad no debilita a nuestras comunidades. El silencio, la vergüenza, la exclusión y la violencia sí.

Si queremos prevenir la violencia doméstica y construir relaciones saludables, debemos crear comunidades donde cada persona sea bienvenida tal como es. Todas las personas merecen pertenecer, y merecen hacerlo con seguridad.

Hay apoyo disponible

Si usted o alguien que conoce tiene preguntas sobre una relación, vive una situación de abuso o necesita apoyo, comuníquese con la línea gratuita y confidencial de REACH Beyond Domestic Violence, disponible las 24 horas, al 1-800-899-4000.

Para obtener más información sobre los servicios para personas sobrevivientes, los programas de prevención y el trabajo comunitario de REACH, visite www.reachma.org.

Si corre peligro inmediato, llame al 911 cuando sea seguro hacerlo.